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Jacinto Plaza Díaz

Jacinto Plaza Díaz

  • 10 JUN 1944
    Jaén
  • 25 OCT 2026
    Mallorca
“

Mi marido y nuestro padre

Jacinto Plaza Díaz

Jacinto Plaza Díaz

Jacinto Plaza Díaz

Jacinto Plaza Díaz

  • 10 JUN 1944
    Jaén
  • 25 OCT 2026
    Mallorca
"

Mi marido y nuestro padre

Jacinto Plaza Díaz

Jacinto Plaza Díaz

En su recuerdo

Con estas líneas queremos rendir un pequeño homenaje a quien fue mi marido y nuestro padre, no solo para describirlo, sino también para recordar algunos de los momentos más importantes de su vida.


Jacinto no tuvo una vida fácil en sus primeros años. A la dura realidad de ser un niño de posguerra que tuvo que pasar muchas penurias se sumó el hecho de no haber crecido al abrigo de una familia estable: a causa de una enfermedad, su madre no pudo hacerse cargo de él y su padre fue, en la práctica, una figura ausente. Le faltaron el cariño, el amor y el calor familiar que todo niño necesita; un vacío y una carencia afectiva que el trasiego de ir de casa en casa de tíos y tías nunca llegó a colmar.


Con tan solo catorce años, siendo aún un niño, se vio obligado a emigrar solo desde su pueblo natal hasta Mallorca, una isla que para él fue una tierra de oportunidades. Llegó con una maleta de cartón llena de sueños y con la certeza de que, a fuerza de trabajar duro, nunca le faltarían «mil pesetas en el bolsillo», como él siempre decía. En aquella maleta viajaban también dos sueños sencillos y grandes: tener una familia y un hogar propios, precisamente aquellos dos sueños que hacen grande a un hombre. En el fondo, lo que Jacinto deseaba con todas sus fuerzas era aquello de lo que, por las circunstancias de su infancia, se había visto privado. Y lo consiguió.


No obstante, los primeros años tras su llegada a Mallorca tampoco fueron fáciles. Un accidente lo dejó postrado en una cama durante más de un año, al cuidado de unas caritativas monjas de la Cruz Roja, que no entendían cómo alguien tan joven y en un estado tan delicado no recibía nunca la visita de ningún familiar. Sabemos, por lo que nos contó, que aquella era una habitación desangelada y destartalada, desde cuyo ventanuco apenas podía contemplar los rayos del sol durante unas horas al día. Fue tanta la compasión que sintieron aquellas caritativas monjas que, al verlo tan solo y abandonado de la mano de Dios —y nunca mejor dicho—, decidieron «echarle los Reyes» durante aquella Navidad que tuvo que pasar con ellas.


A pesar de todo ello, nunca desfalleció, siendo fiel a su reputación de hombre infatigable y de voluntad de hierro, no solo ante los avatares de la vida, sino también, como demostró, durante los últimos años de su dura enfermedad. Siempre será admirable que, pese a los problemas de movilidad en un brazo que le dejó aquel accidente, decidiera, no sin esfuerzo y con mucha voluntad de superación, dedicar su vida profesional a servir a los demás.


Años después, en una de sus vacaciones en su pueblo, tuvo la suerte de enamorarse, a primera vista, de la mujer que sería su compañera y cómplice en la realización de aquellos sueños: nuestra madre. Mis padres siempre nos contaban que aquellos primeros años en Mallorca fueron muy duros, especialmente para dos personas que, al comenzar su vida juntos, apenas contaban con unos pocos utensilios de cocina dentro de una maleta. Tampoco contribuyó a levantar el ánimo de nuestra madre la primera casa en la que tuvieron que vivir: una antigua vivienda del centro histórico de Palma, con unas escaleras empinadísimas y estrechísimas, situada en una calle lúgubre y húmeda en la que ella no quiso quedarse.


Pero mi padre encontró pronto una solución y no paró hasta poder satisfacer aquel deseo de nuestra madre: comprar su primera vivienda en propiedad. Para reunir la entrada tuvieron que romper una hucha en la que ella, con enorme esfuerzo, había ido guardando las propinas que recibía mi padre. Lograron reunir cien mil pesetas, con las que pudieron dar la entrada de aquel piso de la calle Maestro Chapí, en el barrio del Vivero. Fue en ese piso donde nació mi hermana Eva y donde los cuatro fuimos muy felices; allí empezamos a ser conscientes de la gran suerte que teníamos de ser criados por unos padres como los nuestros. No queremos olvidarnos que, fruto del amor de ese matrimonio, también nació nuestro hermano pequeño, Francisco Javier, al que realmente nunca llegamos a conocer porque murió a los pocos días de nacer. Mi hermana y yo tan solo tenemos un solo recuerdo de ese momento: cuando mi madre salió a saludarnos desde el balcón de la habitación en la que estaba en el hospital de son Dureta.


Después de una moto Derby, con la que mi padre nos llevaba a la playa, a s’Arenal, en sus escasos días libres, con un cubito y un rastrillo, vino nuestro primer coche: un Renault blanco con el que recorrimos casi toda la isla de excursión. Aquellos domingos en restaurantes con interminables sobremesas de pijamas, tartas al whisky de postre y puros del 7 permanecerán para siempre grabados en nuestra memoria.


Luego vino un cambio de destino laboral y nos fuimos a vivir a Calonge. Mi padre fue destinado al hotel Ponent Playa, reclamado por un director con el que había trabajado durante muchos años y que conocía bien su honradez, su integridad y su lealtad. Y tal era su sentido de la lealtad y de la fidelidad que, durante toda su vida laboral, trabajó para la misma empresa: aquella que le pagó su primer sueldo y a cuyo crecimiento y expansión contribuyó con su trabajo.


Fue precisamente Calonge el lugar en el que mis padres pudieron consolidar definitivamente su proyecto de vida y donde, sin duda, mi padre pasó los mejores años de la suya. Porque quienes lo conocisteis también sabéis que fue un disfrutón: una persona espléndida y generosa, que disfrutaba compartiendo el mayor número posible de «berenars» con sus amigos. Por desgracia, ya no podrán mirar por la ventana del Bar Deportivo para ver si «Jasinto» llegaba, con toda su fuerza de voluntad y con pasitos cada vez más cortos, a compartir con ellos ese rato que tanto le daba la vida. Tampoco podrán venir más a buscarlo los domingos para ir a El Cruce o a ses Torres.


En cuanto a lo disfrutón que era mi padre, me gustaría recordar una pequeña anécdota que sucedió durante el tiempo que estuve en Inglaterra. En una cena, una mujer sacó de una caja de zapatos unas fotografías de su estancia en Mallorca y, en una de ellas, aparecía mi padre con su uniforme de barman y la mano en el muslo de aquella inglesa que, por cierto, llevaba una minifalda de infarto. ¡Quién me lo iba a decir a mí!


Si nuestro padre se caracterizaba por algo era por sus reflexiones meditadas, su sensatez y su previsión, comprensibles tras todas las carencias que padeció durante su niñez. Tanto era así que, en más de una ocasión, le oímos decir a nuestra madre que él no quería un piso, sino una casa con un «terrenillo»: porque, si llegaba una guerra y caía una bomba, del piso no quedaría nada; en cambio, con aquel pequeño terreno en propiedad siempre se podían sembrar algunas cosas para «ir tirando».

Como familia, hemos sido testigos privilegiados del amor tan puro, tan limpio y tan incondicional que se profesaron durante sus cincuenta y ocho años de matrimonio; un amor del que, como dice la canción, «no existe otro igual ni hay dos en el mundo». Nunca oímos entre ellos una sola palabra más alta que otra, ni un desprecio ni un reproche. Aunque debemos corregirnos: ahora, rota de dolor, nuestra madre no deja de reprocharle a nuestro padre por qué su «Jaci» se ha marchado sin ella, si ese no era el trato que habían hecho.


De hecho, era tan incondicional el amor que nuestro «Rabiles» profesaba a nuestra madre que, cuando ella llegó al hospital, como cada mañana, y él apenas podía ya murmurar unas palabras casi incomprensibles, sacó fuerzas para decirle que no se preocupara: que solo tenía algo en la garganta y que al día siguiente estaría completamente recuperado. Media hora después, nuestro padre se marchó para siempre, dejando atrás a la enfermera entregada que había sido nuestra madre. Gracias a sus cuidados —una de las mayores pruebas de generosidad y amor que hemos presenciado— pudo permanecer algunos años más entre nosotros. Ella no solo cuidó de su cuerpo: también trató de aliviar las heridas del alma de quien era consciente de que su amor había entrado inevitablemente en tiempo de descuento.


De ese amor nacimos José María y Eva María, a quienes Jacinto crió fiel a una promesa inquebrantable: «Todo lo que a mí me ha faltado, que no les falte nunca a ellos». Y así fue siempre.


Si tuviéramos que describir a nuestro padre con una sola metáfora, atendiendo a su actitud ante la vida, diríamos que fue como un «algodoncito»: una persona que procuró pasar por este mundo de forma silenciosa y discreta, tratando siempre de limpiar un poco de la porquería que, por desgracia, existe en él.


Sus hijos queremos mencionar la inmensa herencia que nos ha dejado. Papá nos dejó la mejor que un hombre bueno puede legar a sus hijos: una herencia inmaterial, mucho más valiosa que cualquier otra; una maleta llena de los valores y principios que guiaron su vida. Nos enseñó a ser personas íntegras, honestas y respetuosas, y a defender siempre la verdad con convicción.


Como sabéis, él se llamaba Jacinto: un nombre poco frecuente y singular, como singular fue él. Bastará pronunciar su nombre para que quienes tuvimos la fortuna de quererlo recordemos su nobleza, su bondad y la huella imborrable que dejó en nuestras vidas. En estos momentos intentamos asumir, poco a poco, su ausencia; pero lo hacemos con el profundo dolor que nos producen esos vacíos tuyos que nos desgarran y esos silencios que nos quiebran por dentro.


Finalmente, nos gustaría que recordaseis a Jacinto como lo que fue, ante todo: un hombre que era «mu’ buena gente», como se dice en su tierra. Quienes lo conocisteis sabéis que así era y podéis dar testimonio de ello.


MARI, JOSÉ Y EVA


“Te tengo que estar queriendo

hasta después de la muerte,

pues yo te quiero con el alma

y el alma nunca se muere”

Me has visto crecer y estabas viendo crecer a mis hijos. Me quedo con eso y con tus buenos consejos. ❤️ Mar Cerezo

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En Jaci, el millor espòs i pare que heu pogut tenir.

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Conociendo a su hijo debió de ser todo bondad y amor. D.E.P. Gemma

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SIEMPRE RECORDAREMOS LOS BUENOS MOMENTOS QUE HEMOS PASADO JUNTOS

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Para mí un gran amigo Dalmau

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Para mí ha sido una gran persona y un buen amigo descansa en paz 🙏 Chocolate

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Buen amigo y Gran presona

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